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Juan José Hernández |
No quiero que me digan
la palabra naranja.
Me llega el sol,
mi casa
y la perdida infancia.
Hubo un jardín
y el ocio de unas tardes
sosegadas.
Hubo una luz de gracia,
profundidad del alma.
Hubo un pájaro fino
que cantaba en la huerta
del vecino.
Hubo dalias pesadas
a cuya sombra el gato
bostezaba.
¡Y en verano la fiesta
de comerse la breva
señalada!
No quiero que me digan
la palabra naranja.
Ni naranja, ni siesta.
Duele aquello que amaba.
Gracias! no sabés cuanto buscaba este poema!
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