Un tronco seco ablandado por dos almohadones nos invita. Y buscamos. Podemos seguir el trazo de las ramas bajo el cielo. El sol construye su propio laberinto tras el filtro de las hojas. Si suena, el chistido seco de un colibrí nos habrá puesto cerca de la posibilidad de otro recorrido. Este vagabundeo con la imaginación elegirá hacer pie en las hojas, en las alas, en la luz. O puede detener su mirada en el gatito que dedica ingentes esfuerzos a perseguir su propia cola.

Que el gato encuentre su rabito y lo muerda es tan inmediato como la sorpresa dolida con la que se suelta. Pero pocos segundos después olvida o juega a que olvida y vuelve a correr tras de sí. Nosotros pasaremos los días en la misma ronda de encuentros de luz, mordidas de ramas y colibríes de olvido.

Quizás aquí, Bajo la rosa china, experimentemos algo de ello.

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domingo, 17 de julio de 2016

Un poema de Luis Cernuda

Francisco Franco

IMPRESIÓN DE DESTIERRO 

Fue la pasada primavera, 
Hace ahora casi un año, 
En un salón del viejo Temple, en Londres, 
Con viejos muebles. Las ventanas daban, 
Tras edificios viejos, a lo lejos, 
Entre la hierba el gris relámpago del río. 
Todo era gris y estaba fatigado 
Igual que el iris de una perla enferma. 

Eran señores viejos, viejas damas, 
En los sombreros plumas polvorientas; 
Un susurro de voces allá por los rincones, 
Junto a mesas con tulipanes amarillos, 
Retratos de familia y teteras vacías. 
La sombra que caía 
Con un olor a gato, 
Despertaba ruidos en cocinas. 

Un hombre silencioso estaba 
Cerca de mí. Veía 
La sombra de su largo perfil algunas veces 
Asomarse abstraído al borde de la taza, 
Con la misma fatiga 
Del muerto que volviera 
Desde la tumba a una fiesta mundana. 

En los labios de alguno, 
Allá por los rincones 
Donde los viejos juntos susurraban, 
Densa como una lágrima cayendo, 
Brotó de pronto una palabra: España. 
Un cansancio sin nombre 
Rodaba en mi cabeza. 
Encendieron las luces. Nos marchamos. 

Tras largas escaleras casi a oscuras 
Me hallé luego en la calle, 
Y a mi lado, al volverme, 
Vi otra vez a aquel hombre silencioso, 
Que habló indistinto algo 
Con acento extranjero, 
Un acento de niño en voz envejecida. 

Andando me seguía 
Como si fuera solo bajo un peso invisible, 
Arrastrando la losa de su tumba; 
Mas luego se detuvo. 
"¿España?", dijo. "Un nombre. 
España ha muerto." Había 
Una súbita esquina en la calleja. 
Le vi borrarse entre la sombra húmeda. 

- . - . - 

CERNUDA: 34 poemas. Mondadori. Madrid (España), 1998. Pp. 35-36. 

jueves, 21 de abril de 2016

Un poema de Fernando de Herrera


SONETO 

Ahora que cubrió de blanco velo 
el oro la hermosa Aurora mía, 
blanco es el puro sol y blanco el día 
y blanco es el color del claro çielo. 

Blancas tus flechas son que yo reçelo, 
tu arco blanco y rayos de alegría, 
Amor, con que me hieres a porfía, 
blanco es tu ardiente fuego y frío hielo. 

Mas, ¿qué puedo esperar desta blancura, 
pues que su blanca nieve el tierno pecho 
tiene contra mi alma defendido? 

¡Oh beldad sin amor!, ¡oh mi ventura!, 
que ardo yo en mi fuego satisfecho 
y muero en nieve fría convertido. 

- . - . - 

FERNANDO DE HERRERA. Poesía. Edicion, introducción y notas de María Teresa Ruestes. Planeta / Autores Hispánicos. Barcelona, 1986. Pág. 148.

jueves, 31 de marzo de 2016

Un poema de Francisco Brines


MADRIGAL CON EPIGRAMA 

Te alejas, ríes. Me preguntas 
lo que daría yo por tener hoy tus años. 

Mira, muchacho, aquello que está hecho 
ya no se puede deshacer. 
Mas dime, ¿qué darías 
por saber, con certeza, 
que habrá de ser el tiempo 
benigno para ti, 
y llegar tu a mi edad? 

Verías a un muchacho malicioso 
que ríe al preguntarte si le envidias 
los años tan hermosos que él te ofrece. 

- . - . - 

FRANCISCO BRINES. En El grupo poético de los años 50. Una Antología por Juan García Hortelano. Taurus. Madrid, primera edición 1978, reimpresión de 1983. Pág. 240. 

miércoles, 23 de marzo de 2016

Dos poemas de Domingo López Humanes

 
Domingo López Humanes




ESTADO DE EXCEPCIÓN

A veces
- muy de tarde en tarde -
la dicha le visita de improviso
se queda un rato
deambula
mira los libros
y se va
no sin antes advertirle
- apuntándole con un dedo -
que no se haga ilusiones
por el simple hecho
de haber escrito
otro poema

                                    <*|*> <*|*> <*|*> <*|*> <*|*> <*|*>

DESPUÉS DE TODO

Y sonrió pensando
que las manos vacías valieron
para llenarlas de senos,
de puños en la lucha,
de vasos fraternos de vino,
de otras manos
igualmente encallecidas
y para aplaudir por supuesto
cuando ganaba a veces
el Depor. 

                                <*|*> <*|*> <*|*> <*|*> <*|*> <*|*>

Domingo López Humanes.http://revista.escaner.cl/node/327 http://www.elfantasmadelaglorieta.com/15_domingo_lopez.htm

miércoles, 9 de marzo de 2016

Un poema de Ángel González

Ángel González

EVOCACIÓN SEGUNDA 

a Manuel Lombardero 

Recuerdo a los indianos 
de mi infancia. 
Eran buenas personas, nos decían. 
Donaban fuentes públicas 
y grupos escolares a los pueblos 
de donde 
el hambre 
los había expulsado cuando niños 
de su débil reducto nutritivo, 
defendidos 
de la tuberculosis 
sólo por el maíz y las patatas. 
Regalaban también brillantes cálices 
de oro a las iglesias, 
coronas refulgentes a las vírgenes 
de madera, y valiosas monedas 
a las vírgenes otras: las de carne 
--en cuya piel se demostraba cómo, 
contra lo que pudiera suponerse, 
hay cosas que mejora 
la dieta anteriormente reseñada--. 
Exhibían el oro en su sonrisa 
(irresistible cuanto más dorada) 
y se morían casi siempre pronto, 
viejos joviales de adorable prótesis 
y desastrosa próstata 
/ --la sífilis 
no era asunto sencillo en aquel tiempo. 

Venían generalmente de La Habana. 

Yo ignoraba, en los años 
lejanos que hoy evoco, 
los más elementales rudimentos 
de Economía Política, 
y no estaba a mi alcance, por lo tanto, 
comprender los efectos y las causas 
de aquella, en cualquier caso, generosa 
conducta: hasta qué punto 
tantas escuelas, fuentes y campanas, 
todos esos molares e incisivos 
de veintidós quilates, 
tanta virgen, 
oscurecían, lejos, 
aquel paisaje opuesto de palmeras y cañas 
de donde procedían, 
secaban 
en un lugar distante lo que reverdecían 
en esta tierra nuestra, eran 
aquí rumor y más allá silencio, 
llanto remoto, muerte desterrada. 

No obstante la ignorancia referida, 
aquel infantil yo ahora evocado 
ya entonces admiraba especialmente 
a los que regresaban desprovistos 
de todo resplandor: 
los que traían 
únicamente un resto de fatiga 
entre las manos, 
un equipaje sólo de nostalgia, 
un patrimonio inútil de recuerdos 
y el brillo del fracaso en la mirada 
iluminando casi 
una sonrisa apenas de tristeza. 

- . - . - 

ÁNGEL GONZÁLEZ. Tratado de urbanismo. Editorial Lumen. Barcelona, 1967 (tercera edición: 1985). Pp. 69-71.

jueves, 28 de enero de 2016

Un poema de Gustavo Adolfo Bécquer

Gustavo Adolfo Bécquer


Una mujer me ha envenenado el alma, 
otra mujer me ha envenenado el cuerpo; 
ninguna de las dos vino a buscarme, 
yo de ninguna de las dos me quejo. 

Como el mundo es redondo, el mundo rueda. 
Si mañana, rodando, este veneno 
envenena a su vez, ¿por qué acusarme? 
¿Puedo dar más de lo que a mí me dieron? 

- . - . - 

GUSTAVO ADOLFO BÉCQUER. Tomado de Obras completas. Estudio preliminar: Carlos J. Barbáchano. RBA Coleccionables. Barcelona 2005. Pp. 233-234.

domingo, 17 de enero de 2016

Un poema del Marqués de Santillana

Marqués de Santillana


Si tú desseas a mí, 
yo non lo sé, 
pero yo desseo a ty 
en buena fe, 

e non a ninguna más, 
assí lo ten: 
nin es nin será jamás 
otra mi bien. 
En tan buen hora te vi 
e te fablé 
que del todo te me di 
en buena fe. 

Yo soy tuyo, non lo dubdes, 
syn fallir 
e, non pienses ál nin cuydes 
syn mentir. 
Después que te conosçí, 
me cativé 
e seso e saber perdí, 
en buena fe. 

A ti amo e amaré 
toda sazón 
e siempre te serviré 
con grand razón, 
pues la mejor escogí 
de quantas sé 
e non fingo nin fengí 
en buena fe. 

- . - . - 

ÍÑIGO LÓPEZ DE MENDOZA, MARQUÉS DE SANTILLANA. Obras completas. Planeta / Autores Hispánicos. Barcelona, 1988. Pág. 23. 
 

miércoles, 21 de octubre de 2015

Un poema del Conde de Villamediana

Conde de Villamediana


Cuanto me trato más, menos me entiendo, 
hallo razones que perder conmigo, 
lo que procuro más, más contradigo 
con porfïar y no ofender sirviendo. 

La fe jamás con la esperanza ofendo, 
desconfïando más, menos me obligo, 
el padecer no puede ser castigo, 
pues sólo es padecer lo que pretendo. 

De un agravio, señora, merecido 
siempre será remedio aquel tormento 
que cuanto mayor es, más se procura; 

porque para morir agradecido, 
basta de vos aquel conocimiento 
con que nunca eche menos la ventura. 

- . - . -

CONDE DE VILLAMEDIANA. Poesía. Edición, prólogo y notas de María Teresa Ruestes. Planeta. Barcelona, 1992. Pág. 133.

martes, 21 de julio de 2015

Un poema de León Felipe

León Felipe


LA POESÍA LLEGA... AHÍ ESTÁ 

La Poesía llega como un gendarme a la casa del crimen. 
Ahí está. Viene porque la he llamado yo. 

Ya viene con su ademán desnudo, 
con su mirada sin cortinas, 
con su mirada sin eclipse... 
con una mirada que no se esconde nunca bajo el toldo de los párpados 
ni a la sombra de las pestañas... 
Viene con su mirada abierta siempre. 

La Poesía llega con su apostura fría, 
cínica, 
inmisericorde... 
como un soldado terrible, 
como un sayón, 
como un sargento encargado del cacheo y del desahucio, 
como un oficial eclesiástico de la Inquisición, 
como el escribano con su mazo de infolios donde se va a escribir el inventario de todo lo que se esconde bajo el sótano, 
como el confesor con su saco blindado donde se van a meter 
los crímenes, 
las herejías, 
los ídolos falsos, 
y las lámparas votivas alimentadas con alquitrán. 

La Poesía llega. 
Viene porque la he llamado yo. 
Viene a confesarme y registrarme. 

Un hombre cualquiera puede ser el poeta: 
el publicano que no sabe rezar... 
también el publicano... 
cualquier publicano... el último publicano. 
Porque también el corazón de los inconsiderados 
entenderá la sabiduría... 
y la lengua de los balbucientes 
hablará clara y expedita. 
Y el poeta es el hombre que llama a la Poesía sin miedo. 
Al gran sayón..., al viejo sayón inmisericorde, 
y le dice cuando llega a su puerta: Entra. 
Quiero saber dónde vivo. 
¡Hay tantas sombras, 
tantas telarañas 
y tantos fantasmas aquí dentro! 
Entra. 
Tú eres la Poesía... la Verdad y la Luz. 
¿No es así? 
La que abre las ventanas 
y rompe los goznes de las puertas... 
¿No es así? 
La que ahuyenta el trote de las ratas 
y apaga el ruido espectral de la polilla en la madera. 
¿No es así? 
La que barre las cortezas caídas y los vidrios quebrados que se amontonan en los rincones tenebrosos... 
¿No es así? 
La que encuentra los grandes versos perdidos y los grandes sueños que en la revuelta de las pesadillas se escondieron entre las circunvoluciones del colchón... 
¿No es así? 
La que encuentra también el cardiograma olvidado entre los folios del viejo libro polvoriento, el cardiograma donde se registran los golpes del fantasma apócrifo y los del ángel del destino... 
¿No es así? 
La que sabe dónde está la soga que una noche amarré de la viga más recia... 
¿No es así? 
La que viene a apretar y a exprimir la vejiga de las lágrimas hasta la última gota de sangre y de leche... 
¿No es así? 
La que viene a tapiar con ladrillos de fuego el cuarto donde la lujuria y el sexo envenenado guardan los negros sueños espantosos... 
¿No es así? 
Tienes una llave, ¿verdad?, 
y una piqueta... y un hacha... 
y una mecha encendida 
y una escoba... 
y unos ojos sin párpados... 
¿No es así? 
Tú eres... ¡tú eres! 
A ti te he llamado. 
No eres la hermosa doncella vestida de blanco 
y con una ramita de laurel 
para el bonete del juglar. 
Eres dura, seca... y fea... fea 
como la verdad para un criminal... para mí. 
Yo soy un criminal... 
un criminal... como cualquier hombre de la tierra, 
un criminal... como cualquier ciudadano del mundo. 
Soy el gran criminal vestido de hollín y de betún 
que loco y fugitivo 
recorre este planeta apagado y tenebroso. 
Lo confesaré todo: 
He asesinado a la Belleza 
y he apuñalado a la Alegría... 
He ahogado a la estrella 
y he arrojado la lámpara al pantano. 
¡Mirad mis manos chorreando sombras! 
¡Mirad estas manos de carbón llenando de humo el aire 
y apagando las últimas pupilas, 
las luciérnagas, 
los faros 
y los astros! 
¡Sálvame!... Quiero la Luz... 
¡Sálvame!... Quiero ver la Luz... ¡Sálvame! 
Te he llamado para que me salves. 
Y te he llamado a ti... 
no a la hermosa doncella vestida de blanco 
y con una ramita de laurel 
para el bonete del juglar. 
Te he llamado a ti... a ti... viejo sayón inmisericorde. 
Y te he llamado para que luego de oírme 
registres esta cueva, 
abras las ventanas, 
derribes las puertas, 
barras las tinieblas, 
quemes mis entrañas 
y dejes entrar de nuevo en esta casa subterránea, 
en este cuerpo funeral... 
la Alegría y la Belleza resurrectas, 
como un río de luz sin presas y sin frenos. 

- . - . - 

LEÓN FELIPE. Antología rota. Losada, 1957. 10ma edición: Buenos Aires, 1984. Pp. 188-191.

sábado, 28 de marzo de 2015

Un poema de Miguel Hernández


ELEGÍA A RAMÓN SIJÉ


                                                                                                                      (En Orihuela, su pueblo y el mío, se me
                                                                                                                            ha muerto como el rayo, Ramón Sijé,
                                                                                                                                                con quien tanto quería.)
Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma tan temprano.

Alimentando lluvias, caracolas,
y órganos mi dolor sin instrumentos,
a las desalentadas amapolas

daré tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado,
que por doler, me duele hasta el aliento.

Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.

No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida.

Ando sobre rastrojos de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo voy
de mi corazón a mis asuntos.

Temprano levantó la muerte el vuelo,
temprano madrugó la madrugada,
temprano está rodando por el suelo.

No perdono a la muerte enamorada,
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada.

En mis manos levanto una tormenta
de piedras, rayos y hachas estridentes,
sedienta de catástrofes y hambrienta.

Quiero escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra parte a parte
a dentelladas secas y calientes.

Quiero mirar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte.

Volverás a mi huerto y a mi higuera,
por los altos andamios de las flores
pajareará tu alma colmenera

de angelicales ceras y labores.
Volverás al arrullo de las rejas
de los enamorados labradores.

Alegrarás la sombra de mis cejas
y tu sangre se irá a cada lado,
disputando tu novia y las abejas.

Tu corazón, ya terciopelo ajado,
llama a un campo de almendras espumosas,
mi avariciosa voz de enamorado.

A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.

sábado, 7 de febrero de 2015

Un poema de Juan Ramón Jiménez


Juan Ramón Jiménez 


Pintor que me has pintado 
en este cuadro vago de la vida, 
tan bien, que casi 
parezco de verdad; ¡ay!; pínta- 
me nuevamente, y mal, de modo 
que parezca mentira! 



Tomado Antolojía poética de Juan Ramón Jiménez. Edición de Vicente Gaos. Cátedra. Madrid (España), 1984.  Pág. 113. 

sábado, 14 de septiembre de 2013

Un poema de José de Espronceda

José de Espronceda

EL CANTO DEL COSACO 


Donde pone mi caballo los pies 
no vuelve a nacer yerba. 
Palabras de Atila 

CORO

¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Hurra! 
La Europa os brinda espléndido botín; 
sangrienta charca sus campiñas sean, 
de los grajos su ejército festín. 

¡Hurra! ¡A caballo, hjos de la niebla! 
Suelta la rienda, a combatir volad; 
¿veis esas tierras fértiles? Las puebla 
gente opulenta, afeminada ya. 

Casas, palacios, ramas y jardines, 
todo es hermoso y refulgente allí, 
son sus hembras celestes serafines, 
su sol alumbra un cielo de zafir. 

¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Hurra! etc.  

Nuestro sean su oro y sus placeres, 
gocemos de ese campo y de ese sol; 
son sus soldados menos que mujeres, 
sus reyes viles, mercaderes son. 

Vedlos huir para esconder su oro, 
vedlos cobardes lágrimas verter... 
¡Hurra! ¡Volad! Sus cuerpos, su tesoro 
huellen nuestros caballos con sus pìes. 

¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Hurra! etc. 

Dictará allí nuestro capricho leyes, 
nuestras casas alcázares serán, 
los cetros y coronas de los reyes 
cual juguetes de niños rodarán. 

¡Hurra! ¡Volad! A hartar nuestros deseos, 
las más hermosas nos darán su amor, 
y no hallarán nuestros semblantes feos, 
que siempre ha sido hermoso el vencedor. 

¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Hurra! etc. 

Desgarraremos la vencida Europa, 
cual tigres que devoran su ración; 
en sangre empaparemos nuestra ropa, 
cual rojo manto de imperial señor. 

Nuestros nobles caballos relinchando 
regias habitaciones morarán, 
cien esclavos, sus frentes inclinando, 
al mover nuestros ojos, temblarán. 

¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Hurra! etc. 

Venid, volad, guerreros del desierto, 
como nubes en negra confusión, 
todos suelto el cabello, el ojo incierto, 
todos atropellándoos en montón. 

Id en la espesa niebla confundidos, 
cual tromba que arrebata el huracán, 
cual témpanos de hielo endurecidos 
por entre rocas empeñados van. 

¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Hurra! etc. 

Nuestros padres un tiempo caminaron 
hasta llegar a una imperial ciudad; 
un sol más puro es fama que encontraron, 
y un palacio de oro y de cristal. 

Vadearon el Tíber sus bridones; 
yerta a sus pies la tierra enmudeció; 
su sueño con fantásticas canciones
la fada de los triunfos arrulló. 

¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Hurra! etc. 

¡Qué! ¿No sentís la lanza estremecerse 
hambrienta en vuestras manos de matar? 
¿No veis entre la niebla aparecerse 
visiones mil que el parabién os dan? 

Escudos de esas míseras naciones 
era ese muro que abatido fue; 
la gloria de Polonia y sus blasones 
en humo y sangre convertidos ved. 

¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Hurra! etc. 

¿Quién en dolor trocó sus alegrías? 
¿Quién sus hijos triunfante encadenó? 
¿Quién puso fin a sus gloriosos días? 
¿Quién en su propia sangre los ahogó? 

¡Hurra, cosacos! ¡Gloria al más valiente! 
Esos hombres de Europa nos verán; 
¡Hurra! Nuestros caballos en su frente 
hondas sus herraduras marcarán. 

¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Hurra! etc. 

A cada bote de la lanza ruda, 
a cada escape en la abrasada lid, 
la sangrienta ración de carne cruda 
bajo la silla sentiréis hervir. 

Y allá después en templos suntüosos, 
sirviéndonos de mesa algún altar, 
calmarán nuestra sed vinos sabrosos, 
hartará nuestra hambre blanco pan. 

¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Hurra! etc. 

Y nuestras madres nos verán triunfantes, 
y a esa caduca Europa a nuestros pies, 
y acudirán de gozo palpitantes, 
en cada hijo a contemplar un rey. 

Nuestros hijos sabrán nuestras acciones, 
nuestro valor y gloria heredarán, 
y a conquistar también nuevas regiones 
el caballo y la lanza aprestarán. 

¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Hurra! 
La Europa os brinda espléndido botín; 
sangrienta charca sus campiñas sean, 
de los grajos su ejército festín. 

- . - . -


JOSÉ DE ESPRONCEDA: Obras poéticas. Edición, introducción y notas de LEONARDO ROMERO TOBAR, catedrático de la Universidad de Zaragoza. Clásicos Universales Planeta, nº 129; Planeta. Barcelona (España), 1992 (1ª ed. en la colección: noviembre de 1986). Pp. 68-70. 

miércoles, 22 de mayo de 2013

Un poema de José Ángel Valente

José Ángel Valente

SÓLO EL AMOR

Cuando el amor es gesto del amor y queda 
vacío un signo sólo. 
Cuando está el leño en el hogar, 
mas no la llama viva. 
Cuando es el rito más que el hombre. 
Cuando acaso empezamos 
a repetir palabras que no pueden 
conjurar lo perdido. 

Cuando tú y yo estamos frente a frente 
y una extensión desierta nos separa. 
Cuando la noche cae. 
/ Cuando nos damos 
desesperadamente a la esperanza 
de que sólo el amor 
abra tus labios a la luz del día. 

- . - . -

José Ángel Valente. En Poesía última (Eladio Cabañero, Ángel González, Claudio Rodríguez, Carlos Sahagún, José Ángel Valente). Selección y nota preliminar de Francisco Ribes. Taurus: 1ª ed.: 1963; 3ª ed.: 1975. Madrid (España), 1975. Pág. 182. 

martes, 21 de mayo de 2013

Un poema de Ángel González

Ángel González

TODOS USTEDES PARECEN FELICES...

...y sonríen, a veces, cuando hablan. 
Y se dicen, incluso, 
palabras 
de amor. Pero 
se aman 
de dos en dos 
para 
odiar de mil 
en mil. Y guardan 
toneladas de asco 
por cada 
milímetro de dicha. 
Y parecen --nada 
más que parecen-- felices, 
y hablan 
con el fin de ocultar esa amargura 
inevitable, y cuántas 
veces no lo consiguen, como 
no puedo yo ocultarla 
por más tiempo: esta 
desesperante, estéril, larga, 
ciega desolación por cualquier cosa 
que --hacia no sé dónde--, lenta, me arrastra. 

 - . - . -

Ángel González. En Poesía última (Eladio Cabañero, Ángel González, Claudio Rodríguez, Carlos Sahagún, José Ángel Valente). Selección y nota preliminar de Francisco Ribes. Taurus Eidiciones: 1ª ed.: 1963;  3ª ed.: 1975. Madrid (España), 1975. Pág. 64. 

Un poema de Eladio Cabañero (para el amigo Ceferino Lisboa)

Eladio Cabañero

EL ANDAMIO

A Justo Carrasco y Pedro Martínez, compañeros de trabajo
"Debieran dividir con una tiza el mundo, 
separarlo en cuadrículas pequeñas 
que sirvan para un cuerpo, 
para un hombre solamente, 
¿no sobramos ya muchos? 
y a todos los demás darnos la mano 
y desearnos mejor suerte en la guerra." 

El aire distribuye igual que siempre 
sobre la tierra su piedad y su música; 
a las tres de la tarde 
la plomada pregunta, los niveles nivelan 
y al compás del trabajo piensa el hombre: 

"Es mejor, compañero, 
dejarse ya de guerras y políticas, 
los Estados Unidos y los rusos, 
y acordarnos en cambio del abuelo 
sentado, bajo un chopo o una higuera, 
con cara de barbecho, silencioso. 
Ayúdame a amarrar las cruces de este andamio, 
ten precaución, sujeta fuerte, no sea 
que por mirar un pájaro pararse 
o una muchacha hermosa en su ventana, 
no queden bien seguros estos postes. 
Ata fuerte las sogas por los nudos, 
los amarillos puños del esparto, 
que a lo peor, cuando estemos arriba, 
perdemos pie de pronto trabajando 
y no sirve la fuerza y nos caemos." 

No era aquél el momento 
de censurar los tiempos, tan difíciles, 
sino de levantar aquel andamio 
mientras el sol mandaba por las calles. 

"Compañero, 
es mejor ver el trigo allá en los campos 
que ver fundir el oro, 
es mejor irse al puerto de los barcos de vela 
que al de los submarinos; 
pero agarra, 
vamos a ver si atamos este andamio 
mucho mejor que aquel del accidente 
cuando murió el compadre de las barbas 
--en paz, amigo mío-- 
que fue bueno y de Dios, que era creyente 
para no ser tan pobre como era. 
Ata fuerte las sogas por los nudos, 
los amarillos puños del esparto..." 

Allí no se trataba 
de pasarse de listos ni de tontos 
sino de atar mejor aquel andamio 
y comprender que el más sabio es el tiempo. 

- . - . - 

Eladio Cabañero. En Poesía última (Eladio Cabañero, Ángel González, Claudio Rodríguez, Carlos Sahagún, José Ángel Valente). Selección y nota preliminar de Francisco Ribes. Taurus Ediciones: 1ª ed. 1963; 3ª ed.: 1975. Madrid (España), 1975. Pp. 32-33.

martes, 14 de mayo de 2013

Un poema de Dionisio Ridruejo

Dionisio Ridruejo

2


La lealtad verdadera 
es apearse del burro 
y desmontar la quimera. 

Porque donde dije y digo 
están el sudor del hombre 
y el embeleso del niño 
y la mujer que en el vientre 
y el corazón lleva el nido. 

Por ellos cambio de idea 
porque ellos serán los jueces 
del valor de la herramienta. 

Por ellos vuelvo a montar 
porque la tierra del hombre 
es la de nunca acabar. 

- . - . -

Dionisio Ridruejo: En breve (1975). En Dionisio Ridruejo: Poesía. Alianza Editorial; El Libro de Bolsillo (1ª ed.: 1976; 1ª reimpr.: 1987). Madrid (España), 1987. Pág. 170. 

lunes, 13 de mayo de 2013

Un poema de Dionisio Ridruejo

Dionisio Ridruejo

[Jugar, jugar contigo, cosa mía]

Jugar, jugar contigo, cosa mía, 
jugar que me responde 
sin besar ni decir, riendo, 
mordisqueando, asiendo tibiamente, 
enamoradamente siendo cosa, 
cosa buena y pasiva 
que purifica el tacto 
y hace otra nueva de la carne antigua, 
fresquísima, inocente. 
Cosa que se resoba y se gusta y se mira 
y mete por los sentidos rosas, azucenas, palomas 
y cachorrillos de tigre con los dientes blandos, 
y por los sentidos llega al corazón 
llenándolo de miel y de mañana clara 
y de lágrimas con el arco iris; 
de mañana con pájaros irremediablemente cantores, 
de miel y lágrimas que es necesario dar. 
Jugar, jugar contigo, 
jugar a equivocar tu carne con mi alma, 
jugar a esconderte en cada latido, 
jugar a ser instante y juego sólo. 

- . - . -

Dionisio Ridruejo: Los primeros días. (Idilios de la hija reciente.) En Dionisio Riduejo: Poesía. Selección de Luis Felipe Vivanco. Introducción de Marià Manent. Alianza Editorial; El Libro de Bolsillo. Madrid (España), 1ª ed.: 1976; 1ª reimpr.: 1987. Pág. 106. 

miércoles, 8 de mayo de 2013

Un poema de Francisco Ferrer Lerín

Francisco Ferrer Lerín 

ADRIANA ASTI

Parece seguro que entonces 
estaba animado por un gran fuego interior. 
Se me veía hablar por la plaza 
con los brazos extendidos, la cara 
enrojecida mirando a los que al cruzar 
apretaban el paso 
sin saludar apenas. 
Llegaba el atardecer y seguía 
apoyado en los muros 
arengando aún 
a los difusos compañeros. 
Se acercaba el momento: 
venían rumores contradictorios 
y se apilaban noticias 
a noticias, y todo estaba 
ya dispuesto. 
Qué fue pues de mí en aquel tiempo. 
Todo llevaba a creer en la victoria: 
hasta los más ajenos se apresuraban 
a estrecharme las manos; 
se me invitaba y profería 
fácilmente charlas de hombres. 
Pero algo falló en la gran empresa: 
acabó otoño y un viento 
helado cerró las puertas. 


1971 
- . - . - 

Francisco Ferrer Lerín: Cónsul. Ediciones Península / Edicions 62; Poética 10. Barcelona (España), 1987. Pág. 27.

lunes, 29 de abril de 2013

Un poema de Francisco de Quevedo


FELICIDAD BARATA Y ARTIFICIOSA DEL POBRE

SONETO

Con testa gacha toda charla escucho; 
dejo la chanza y sigo mi provecho; 
para vivir, escóndome y acecho, 
y visto de paloma lo avechucho. 

Para tener, doy poco y pido mucho; 
si tengo pleito, arrímome al cohecho; 
ni sorbo angosto ni me calzo estrecho; 
y cátame que soy hombre machucho. 

Niego el antaño, píntome el mostacho; 
pago a Silvia el pecado, no el capricho; 
prometo y niego: y cátame muchacho. 

Vivo pajizo, no visito nicho; 
en lo que ahorro está mi buen despacho: 
y cátame dichoso, hecho y dicho. 

- . - . -

Francisco de Quevedo: Poesía original completa. Edición, introducción y notas de José Manuel Blecua, catedrático de la Universidad de Barcelona. Planeta. Barcelona (España), 1996. Pp. 524-525. 

domingo, 21 de abril de 2013

Un poema de Francisco de Quevedo


A UN JUEZ MERCADERÍA

SONETO

Las leyes con que juzgas, ¡oh Batino!, 
menos bien las estudias que las vendes; 
lo que te compran solamente entiendes; 
más que Jasón te agrada el Vellocino. 

El humano derecho y el divino, 
cuando los interpretas, los ofendes, 
y al compás que la encoges o la extiendes,
tu mano para el fallo se previno. 

No sabes escuchar ruegos baratos, 
y sólo quien te da te quita dudas; 
no te gobiernan textos, sino tratos. 

Pues que de intento y de interés no mudas, 
o lávate las manos con Pilatos, 
o, con la bolsa, ahórcate con Judas. 

[Parnaso, 112, a]

- . - . -

Francisco de Quevedo: Poesía original completa. Edición, introducción y notas de José Manuel Blecua, catedrático de la Universidad de Barcelona. Editorial Planeta. Barcelona (España), 1996. Pág. 94.