Un tronco seco ablandado por dos almohadones nos invita. Y buscamos. Podemos seguir el trazo de las ramas bajo el cielo. El sol construye su propio laberinto tras el filtro de las hojas. Si suena, el chistido seco de un colibrí nos habrá puesto cerca de la posibilidad de otro recorrido. Este vagabundeo con la imaginación elegirá hacer pie en las hojas, en las alas, en la luz. O puede detener su mirada en el gatito que dedica ingentes esfuerzos a perseguir su propia cola.

Que el gato encuentre su rabito y lo muerda es tan inmediato como la sorpresa dolida con la que se suelta. Pero pocos segundos después olvida o juega a que olvida y vuelve a correr tras de sí. Nosotros pasaremos los días en la misma ronda de encuentros de luz, mordidas de ramas y colibríes de olvido.

Quizás aquí, Bajo la rosa china, experimentemos algo de ello.

sábado, 28 de junio de 2014

Un poema de JOG

CRÓNICA DE LA COLUMNA VERTEBRAL

Para levantar las pirámides
doscientos mil hombres, a lo largo
de tres generaciones, cargaron y arrastraron
millones de toneladas de piedra.
Dos imágenes de restos óseos
revelan el costo de las obras:
la columna vertebral de los obreros
aparece curvada en dos secciones,
muestra fisuras, bordes corroídos,
luxaciones, agobio eterno.
La de los faraones, sacerdotes y altos
funcionarios, se ven erguidas
y frescas como recién nacidas.
Después de 4000 años,
vértebra sobre vértebra, crujido a crujido,
el espinazo innumerable
sigue cargando el peso
del sueño y la podredumbre de los señores.

- . - . -

JOAQUÍN O. GIANNUZZI
OBRA POÉTICA 
EMECË

(Buenos Aires, en Argentina, 2000.)

martes, 24 de junio de 2014

Un poema de Joaquín Giannuzzi


Joaquín Giannuzzi

Cucaracha en el noveno


Así que la señora repartió el 
/ último whisky de la velada y un 
escalofrío que ahogó hasta el sentido del 
/ humor abarcó el salón del noveno
/ piso. Fue cuando apareció eso, la 
/ negra mancha infamante que recorrió la 
alfombra regada por Dalí. El mundo se hizo de 
/ pronto surrealista o reveló una 
fisura y un carcomido dintel y la 
/ náusea reemplazó al conocimiento
Y fue visible otro reino cuando el 
/ negro escándalo vaciló en 
mitad del campo humano y hubo una especie de 
/ reflexión y se detuvo y varió el rumbo y buscó un 
destino más elemental y nocturno. Nadie halló el 
/ chiste adecuado y además Haendel estaba en su 
momento más suntuoso. Y la señora resolvió el 
/ asqueroso enigma, su ascenso a las alturas por 
generaciones a partir de un 
/ huevo original en el piso bajo. Así que llamó al 
portero y anunció: hay 
/ algo sucio en el noveno. 

- . - . -

JOAQUÍN O. GIANNUZZI. Poema de Señales de una causa personal (1977). Tomado de la Obra poética: Emecé Editores S. A, Buenos Aires (Argentina), 2000. Pág. 150. 


martes, 29 de octubre de 2013

Un poema de Jorge Boccanera

Jorge Boccanera



EL HOGAR 


El cuchillo golpeando la madera. 
Sobre la tabla de picar cebolla. 
El tableteo de los días, 
el cuchillo 
golpeando la madera[.]
Aguijón que retumba sobre la tabla de picar 
y el día desplumado al fondo de la olla, 
y el cuchillo golpeando la madera. 
Cizaña de la música y redoblante, escarcha 
del acero que corta, que desgarra las sombras 
asustadas detrás de cada puerta. 
Y el cuchillo golpeando la madera. 
Bajo el filo mellado ruedan los labios que callaron, 
que se oxidaron sin reclamar el aire que nos falta. 
Y el cuchillo golpeando, 
y aquella empuñadura como mano de muerto, 
y las horas hirviendo al fondo de la olla. 

- . - . -

JORGE BOCCANERA. Marimba (antología). Prólogo de Juan Gelman. Presentación de Lautaro Ortiz. Ediciones Colihue (Musarisca). Buenos Aires (Argentina), 2006. Pág 156.

sábado, 14 de septiembre de 2013

Un poema de José de Espronceda

José de Espronceda

EL CANTO DEL COSACO 


Donde pone mi caballo los pies 
no vuelve a nacer yerba. 
Palabras de Atila 

CORO

¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Hurra! 
La Europa os brinda espléndido botín; 
sangrienta charca sus campiñas sean, 
de los grajos su ejército festín. 

¡Hurra! ¡A caballo, hjos de la niebla! 
Suelta la rienda, a combatir volad; 
¿veis esas tierras fértiles? Las puebla 
gente opulenta, afeminada ya. 

Casas, palacios, ramas y jardines, 
todo es hermoso y refulgente allí, 
son sus hembras celestes serafines, 
su sol alumbra un cielo de zafir. 

¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Hurra! etc.  

Nuestro sean su oro y sus placeres, 
gocemos de ese campo y de ese sol; 
son sus soldados menos que mujeres, 
sus reyes viles, mercaderes son. 

Vedlos huir para esconder su oro, 
vedlos cobardes lágrimas verter... 
¡Hurra! ¡Volad! Sus cuerpos, su tesoro 
huellen nuestros caballos con sus pìes. 

¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Hurra! etc. 

Dictará allí nuestro capricho leyes, 
nuestras casas alcázares serán, 
los cetros y coronas de los reyes 
cual juguetes de niños rodarán. 

¡Hurra! ¡Volad! A hartar nuestros deseos, 
las más hermosas nos darán su amor, 
y no hallarán nuestros semblantes feos, 
que siempre ha sido hermoso el vencedor. 

¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Hurra! etc. 

Desgarraremos la vencida Europa, 
cual tigres que devoran su ración; 
en sangre empaparemos nuestra ropa, 
cual rojo manto de imperial señor. 

Nuestros nobles caballos relinchando 
regias habitaciones morarán, 
cien esclavos, sus frentes inclinando, 
al mover nuestros ojos, temblarán. 

¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Hurra! etc. 

Venid, volad, guerreros del desierto, 
como nubes en negra confusión, 
todos suelto el cabello, el ojo incierto, 
todos atropellándoos en montón. 

Id en la espesa niebla confundidos, 
cual tromba que arrebata el huracán, 
cual témpanos de hielo endurecidos 
por entre rocas empeñados van. 

¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Hurra! etc. 

Nuestros padres un tiempo caminaron 
hasta llegar a una imperial ciudad; 
un sol más puro es fama que encontraron, 
y un palacio de oro y de cristal. 

Vadearon el Tíber sus bridones; 
yerta a sus pies la tierra enmudeció; 
su sueño con fantásticas canciones
la fada de los triunfos arrulló. 

¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Hurra! etc. 

¡Qué! ¿No sentís la lanza estremecerse 
hambrienta en vuestras manos de matar? 
¿No veis entre la niebla aparecerse 
visiones mil que el parabién os dan? 

Escudos de esas míseras naciones 
era ese muro que abatido fue; 
la gloria de Polonia y sus blasones 
en humo y sangre convertidos ved. 

¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Hurra! etc. 

¿Quién en dolor trocó sus alegrías? 
¿Quién sus hijos triunfante encadenó? 
¿Quién puso fin a sus gloriosos días? 
¿Quién en su propia sangre los ahogó? 

¡Hurra, cosacos! ¡Gloria al más valiente! 
Esos hombres de Europa nos verán; 
¡Hurra! Nuestros caballos en su frente 
hondas sus herraduras marcarán. 

¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Hurra! etc. 

A cada bote de la lanza ruda, 
a cada escape en la abrasada lid, 
la sangrienta ración de carne cruda 
bajo la silla sentiréis hervir. 

Y allá después en templos suntüosos, 
sirviéndonos de mesa algún altar, 
calmarán nuestra sed vinos sabrosos, 
hartará nuestra hambre blanco pan. 

¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Hurra! etc. 

Y nuestras madres nos verán triunfantes, 
y a esa caduca Europa a nuestros pies, 
y acudirán de gozo palpitantes, 
en cada hijo a contemplar un rey. 

Nuestros hijos sabrán nuestras acciones, 
nuestro valor y gloria heredarán, 
y a conquistar también nuevas regiones 
el caballo y la lanza aprestarán. 

¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Hurra! 
La Europa os brinda espléndido botín; 
sangrienta charca sus campiñas sean, 
de los grajos su ejército festín. 

- . - . -


JOSÉ DE ESPRONCEDA: Obras poéticas. Edición, introducción y notas de LEONARDO ROMERO TOBAR, catedrático de la Universidad de Zaragoza. Clásicos Universales Planeta, nº 129; Planeta. Barcelona (España), 1992 (1ª ed. en la colección: noviembre de 1986). Pp. 68-70. 

martes, 30 de julio de 2013

Un poema de Baldomero Fernández Moreno

Baldomero Fernández Moreno


ROMANCE DEL RELOJ DE PIEDRA

Orillas del Uruguay 
una piedra encontré hoy 
aplastada, redondita, 
y de encendido color: 
pequeña obra maestra 
de agua, de viento y de sol. 
Y decidí recogerla 
y usarla como reloj.
El mismo peso me hace 
que la máquina mejor, 
la compañía es idéntica 
y guarda el mismo calor. 
Lo miro de vez en cuando, 
y es tan grande la ilusión, 
que veo unas manecillas 
y los signos de rigor. 
Al que pregunta la hora 
se la invento y se la doy. 
Me equivoco por minutos, 
que no es equivocación, 
que el tiempo no está en esferas 
sino a nuestro alrededor: 
en la orla de una nube, 
en el cáliz de una flor, 
en nuestras entrañas mismas, 
en algo como un temblor. 
Le doy cuerda al acostarme 
y con toda precaución, 
entre libros y anteojos 
lo pongo en el velador 
y antes de dormir parece 
que escucho cierto rumor. 
No sé si son los segundos, 
esa arenilla veloz, 
o acaso la vocecilla 
del río que lo pulió. 
Ante mi reloj de piedra 
no tengo más que un temor: 
si se me llega a romper, 
¿a qué relojero voy? 
Sólo pueden componerlo 
ojos y dedos de Dios. 

1940

- . - . -

Baldomero Fernández Moreno: Poesía y prosa. Selección por Nora Dottori y Jorge Lafforgue. Centro Editor de América Latina. Buenos Aires (Argentina), 1968. Pág. 60. 

domingo, 28 de julio de 2013

Un poema de Gabriela Mistral

Gabriela Mistral

EL AIRE

a José M. Quiroga Pla.

En el llano y la llanada 
de salvia y menta salvaje, 
encuentro como esperándome 
el Aire. 

Gira redondo, en un niño 
desnudo y voltijeante, 
y me toma y arrebata 
por su madre. 

Mis costados coge enteros, 
por cosa de su donaire, 
y mis ropas entregadas 
por casales... 

Silba en áspid de las ramas 
o empina los matorrales; 
o me para los alientos 
como un Ángel. 

Pasa y repasa en helechos 
y pechugas inefables, 
que son gaviotas y aletas 
de Aire. 

Lo tomo en una brazada; 
cazo y pesco, palpitante, 
ciega de plumas y anguilas 
del Aire... 

A lo que hiero no hiero, 
o lo tomo sin lograrlo, 
aventándome y cazándome 
burlas de Aire... 

Cuando camino de vuelta, 
por encinas y pinares, 
todavía me persigue 
el Aire. 

Entro en mi casa de piedra 
con los cabellos jadeantes, 
ebrios, ajenos y duros 
del Aire. 

En la almohada, revueltos, 
no saben apaciguarse, 
y es cosa, para dormirme, 
de atarles... 

Hasta que él allá se cansa 
como un albatros gigante, 
o una vela que rasgaron 
parte a parte. 

Al amanecer, me duermo 
--cuando mis cabellos caen-- 
como la madre del hijo, 
rota del Aire... 

- . - . -

Gabriela Mistral: Antología. Empresa Editora Zig-Zag. Santiago (Chile), 1947. Pp. 109-111. 

lunes, 17 de junio de 2013

Un poema de Rafael Felipe Oteriño

Rafael Felipe Oteriño

LA TELARAÑA

El otro día vi, o creí ver, 
en el silencio de los árboles después de la lluvia, 
una telaraña entre dos ramas suspendida, 
y en las nervaduras de su red 
/ millares de perlas de agua, 
pesándole y tensándola, 
en un equilibrio demasiado frágil como para durar. 

Era una imprevista verdad 
/ en el instante 
de desprenderse de su significado: 
la escudilla que un rey sangriento usó y arrojó, 
/ el latido 
de quien cumpliera una cita sublime 
a orillas del parque. 

Magnífica flor creada por el cerebro, 
que ahora bañan gruesas nubes y sol, 
desplazándose y ganándose, 
/ elevándose y huyendo: 
música tan callada 
en un silencio de ramas 
/ otra vez libres. 

- . - . -

Rafael Felipe Oteriño: Ágora. Ediciones del Copista; Colección Fénix, vol. 32. Córdoba (Argentina), 2005. Pág. 53.