Un tronco seco ablandado por dos almohadones nos invita. Y buscamos. Podemos seguir el trazo de las ramas bajo el cielo. El sol construye su propio laberinto tras el filtro de las hojas. Si suena, el chistido seco de un colibrí nos habrá puesto cerca de la posibilidad de otro recorrido. Este vagabundeo con la imaginación elegirá hacer pie en las hojas, en las alas, en la luz. O puede detener su mirada en el gatito que dedica ingentes esfuerzos a perseguir su propia cola.

Que el gato encuentre su rabito y lo muerda es tan inmediato como la sorpresa dolida con la que se suelta. Pero pocos segundos después olvida o juega a que olvida y vuelve a correr tras de sí. Nosotros pasaremos los días en la misma ronda de encuentros de luz, mordidas de ramas y colibríes de olvido.

Quizás aquí, Bajo la rosa china, experimentemos algo de ello.

martes, 15 de marzo de 2016

Un poema de Mario Benedetti

Mario Benedetti

SER Y ESTAR 

Oh marine 
oh boy 
una de tus dificultades consiste en que no sabes 
distinguir el ser del estar 
para ti todo es to be 

así que probemos a aclarar las cosas 

por ejemplo 
una mujer es buena 
cuando entona desafinadamente los salmos 

y cada dos años cambia el refrigerador 
y envía mensualmente su perro al analista 
y sólo enfrenta el sexo los sábados de noche 

en cambio una mujer está buena 
cuando la miras y pones los perplejos ojos en blanco 

y la imaginas y la imaginas y la imaginas 
y hasta crees que tomando un martini te vendrá el coraje 
pero ni así 

por ejemplo 
un hombre es listo 
cuando obtiene millones por teléfono 
y evade la conciencia y los impuestos 
y abre una buena póliza de seguros 
a cobrar cuando llegue a sus setenta 
y sea el momento de viajar en excursión a capri y a paris 
y consiga violar a la gioconda en pleno louvre 
/ con la vertiginosa polaroid 

en cambio 
un hombre está listo 
cuando ustedes 
oh marine 
oh boy 
aparecen en el horizonte 
para inyectarle democracia. 

- . - . - 

MARIO BENEDETTI. Inventario. Poesía completa (1950-1985). Editorial Nuerva Imagen. Primera ed. en Montevideo, 1963. Séptima ed. en Argentina, 1990. Pp. 378-379. 


lunes, 14 de marzo de 2016

Un poema de Alberto Girri.

Alberto Girri
                  
INTERVALO COMO LÍRICA


         1

Eleva su mano en actitud
de encontrar otra, alzándose, paralela,
con la que renovaría comparaciones
entre ambas,
                   sus figuras,
el largo de los dedos.


                          2

El yo que la induce
a hacerlo prosigue
su murmullo, habitual:
                            “Yo amo”,
y a la vez insiste
en no plegarse al martilleo
de la razón negativa:
                            “No hay tal cosa
como Amor, ese nombre contiene
sólo lo errático, la turbia
emocion del apego buscando
que su reverso, ¿el odio negativo?
lo alcance.”

                          3 

Gira luego la mano
sobre sí misma, cambio de frente,
pasión de remover.
                            ¿Qué yo actúa entonces?
El que cava hasta lo más
indiferenciado del recuerdo,
                            concluyendo: “Soy una
pura conciencia que recuerda.
y esto lo sé porque amo”;
                   y no le importa
que nuevamente la glacial,
ecuánime razón negativa,
lo desmienta:
                   “Aquello que se dijo primero sí,
lo segundo no; no puede
la pura conciencia afirmar Yo amo”

                           4

Con el sueño
todo contrapunto acaba,
                            la mano desciende, en calma
ahora sobre los labios de su dueña, ahora
sin ningún yo para aliviarla;
                          en conclusión, una mancha
en la penumbra, como lo único
que quedó de la mancha del amor,
de la irresistible necesidad, miseria,
del amor de entibiarse a cualquier precio,
aun con hojas secas. 

       <*|*> <*|*> <*|*> <*|*> <*|*> <*|*>

ALBERTO GIRRI. Homenaje  a W.C. Williams. (1981)

domingo, 13 de marzo de 2016

Tres poemas de María Negroni

María Negroni

 

a pesar de la aparente
normalidad de las cosas
y del sol que brillaba

sobre la ignorancia del mundo

ella ponía
su corazón inestable
en las carreras del otoño

y así perdía su esperanza
y la ignorancia del mundo

era más fina en ella

más prematuramente vieja
como una piedra fabulosa



                                                      <*|*> <*|*> <*|*> <*|*> <*|*> <*|*>


tantas vueltas de piel de toro
tantas chapas de hierro y de bronce
no protegen

el viento vuelve a traer
su carga de antiguas culpas

¿en qué nombre del alma
soy yo la abandonada?

¿en cuál la que abandona?

toda navegación instaura
el río que la lleva

así en la huída
así el pájaro ingrato

obsesionado por tus muros      



                                                   <*|*> <*|*> <*|*> <*|*> <*|*> <*|*>


el desierto es un animal
ávidamente inconcluso

y la luz
             un desierto
ávidamente más grande
que el desierto

cuando la noche se encrespa
              la sombra se escribe en el lomo
de esas arenas suntuosas

el desierto medita

aparte de eso
sólo es visible aquello
que está dentro de la visión



                                                 <*|*> <*|*> <*|*> <*|*> <*|*> <*|*>


MARÍA NEGRONI. La ineptitud. Alción Editora. Córdoba (Argentina). 2002. 

sábado, 12 de marzo de 2016

Un poema de Santiago Sylvester

Santiago Sylvester


MUJER EN LA ESQUINA

De lo que se trata es del intercambio: ella tiene hambre,
yo no tengo conocimiento; y si cada uno espera que
caiga su ración del cielo, ya podemos despedirnos
sin aliviar la carga.
Siempre ha habido estos pactos: ella, con un naipe
distinto en cada caso, yo eligiendo la carta para ver
si acierto;
ella, yegua de Parménides llevándome camino arriba, yo
olfateando el rastro con precipitación;
y así, necesitados ambos de lo que el otro tiene y no
guarda para sí, buscamos lo excitable de la especie
para alcanzar el peso, la saliva del otro, la célebre
unión de las mitades.

Ella siempre con historias exitosas (todas tristes), y yo
atestiguando lo que he dicho:
      que si espera en la calle
      se debe al intercambio,
      si entra en el bar y llama por teléfono,
      si disloca hasta morir la mandíbula del alma
      y se ríe cuando corresponde llorar
      se debe al intercambio: esas partes separadas en busca de lo mismo.

Y es todo lo que sé.
Pero ella sabe más:
sin salir de la esquina
conoce el mar por el tripulante a deshora,
el mercado por el olor de una manos,
la vaca por el carnicero;
y si no quiere ni oír
hablar del corazón, acostumbrada
como está a la charla,
es porque sabe que ahí cruje la madera.
El corazón es puro esteticismo.


          <*|*> <*|*> <*|*> <*|*> <*|*> <*|*>


viernes, 11 de marzo de 2016

Un poema de Horacio Preler

Horacio Preler

EL VASO LLENO DE LUZ 

El vaso lleno de luz 
tiene ojos de caracol 
y el brillo que ha recibido de lo opaco 
se derrama sobre el mantel de la tarde. 

Un vaso lleno de cenizas 
tiene garras de chacal 
y se ilumina cuando se apagan 
las lámparas del amanecer. 

El vaso de la fantasía 
se abre al milagro de las horas 
y contiene los restos de la realidad. 

- . - . - 

HORACIO PRELER. Silencio de hierba. Ediciones del Copista. Córdoba (Argentina), 2001. Pág. 15. 

miércoles, 9 de marzo de 2016

Un poema de Gyula Kosice






ITINERARIO DE CILL 

Estábamos admirados de tantas marchas disimuladas 
de orillas que germinaban por placer 
hasta de los propios avatares sin temple 
que se enmendaban al divisarlos 

Y por consiguiente superioridad emotiva 
los trazados de CILL no dejaban 
transformarse en su propia ocupación 
llegan a subequisar todo lo indecible 
en términos de comparación 

Pero una perfecta visión de cill hacía presentir 
el más peligroso acecho del cielo contra su norte 

Podíamos suponer a cill en tan larga seguridad 
como si imagináramos un bloqueo a la pronunciación? 
Sería ejemplificada ésta su manera que podía ser 
si suavemente cill descubriera la tirantez del horizonte? 

Como una acción a propósito 
como una desfavorable miríada de voces 
llegamos así a subequisar la ruta de cill 
sin poder apuntarla 

- . - . - 

GYULA KOSICE. Obra poética. Selección 1940-1982. Editorial Sudamericana. Buenos Aires, 1984. Pág. 115.




Un poema de Ángel González

Ángel González

EVOCACIÓN SEGUNDA 

a Manuel Lombardero 

Recuerdo a los indianos 
de mi infancia. 
Eran buenas personas, nos decían. 
Donaban fuentes públicas 
y grupos escolares a los pueblos 
de donde 
el hambre 
los había expulsado cuando niños 
de su débil reducto nutritivo, 
defendidos 
de la tuberculosis 
sólo por el maíz y las patatas. 
Regalaban también brillantes cálices 
de oro a las iglesias, 
coronas refulgentes a las vírgenes 
de madera, y valiosas monedas 
a las vírgenes otras: las de carne 
--en cuya piel se demostraba cómo, 
contra lo que pudiera suponerse, 
hay cosas que mejora 
la dieta anteriormente reseñada--. 
Exhibían el oro en su sonrisa 
(irresistible cuanto más dorada) 
y se morían casi siempre pronto, 
viejos joviales de adorable prótesis 
y desastrosa próstata 
/ --la sífilis 
no era asunto sencillo en aquel tiempo. 

Venían generalmente de La Habana. 

Yo ignoraba, en los años 
lejanos que hoy evoco, 
los más elementales rudimentos 
de Economía Política, 
y no estaba a mi alcance, por lo tanto, 
comprender los efectos y las causas 
de aquella, en cualquier caso, generosa 
conducta: hasta qué punto 
tantas escuelas, fuentes y campanas, 
todos esos molares e incisivos 
de veintidós quilates, 
tanta virgen, 
oscurecían, lejos, 
aquel paisaje opuesto de palmeras y cañas 
de donde procedían, 
secaban 
en un lugar distante lo que reverdecían 
en esta tierra nuestra, eran 
aquí rumor y más allá silencio, 
llanto remoto, muerte desterrada. 

No obstante la ignorancia referida, 
aquel infantil yo ahora evocado 
ya entonces admiraba especialmente 
a los que regresaban desprovistos 
de todo resplandor: 
los que traían 
únicamente un resto de fatiga 
entre las manos, 
un equipaje sólo de nostalgia, 
un patrimonio inútil de recuerdos 
y el brillo del fracaso en la mirada 
iluminando casi 
una sonrisa apenas de tristeza. 

- . - . - 

ÁNGEL GONZÁLEZ. Tratado de urbanismo. Editorial Lumen. Barcelona, 1967 (tercera edición: 1985). Pp. 69-71.